Así lo cree Cecilia Schroder, coordinadora ejecutiva de
IncubaUC, entidad asociada a la
Pontificia Universidad Católica de Chile. La ejecutiva sostiene que las incubadoras son parte del proceso de innovación, emprendimiento y transferencia tecnológica que deben desarrollar los países, de forma tal de contribuir a su desarrollo económico y social. "Este proceso se traduce en la
creación de empresas, empleos y nuevas maneras de generar valor", dice. "Además, se potencia la innovación, lo que ayuda al mejoramiento sustancial de las soluciones productivas,
aumentando así la competitividad del país".
Una opinión similar tiene el doctor Maurice Levy Matarasso, catedrático de la Facultad de Economía y Negocios de la
Universidad Anáhuac, en México, institución que opera la Incubadora Anáhuac Mayab. El experto señala que la misión de estos centros es "fomentar la innovación y el desarrollo tecnológico con enfoque de negocios, apoyar la creación de empresas competitivas y contribuir a la generación de empleo". Sin embargo, dice, hoy ya no se trata solo de ayudar a los emprendedores, sino de generar todo un ecosistema de beneficios sociales y económicos.
¿Algo más? Claro. Es clave apoyar la transferencia tecnológica efectiva desde la innovación hacia el mundo real. "Esta es una de las demandas más frecuentes no solo de los emprendedores, sino de las empresas", precisa Schroder. "Afortunadamente, los equipos vinculados a las incubadoras han generado ofertas atractivas de emprendimiento corporativo y gestión de la innovación hacia las grandes empresas".
Pero no se trata de olvidar la esencia. Sin perder su foco, los profesionales que entran en contacto y desarrollan proyectos con el apoyo de las incubadoras obtienen una serie de beneficios. "Aquí exigimos que los alumnos se preparen en mercadotecnia, aspectos legales, operaciones, cadena de suministros, recursos humanos, contabilidad y costos, finanzas, responsabilidad social y sustentabilidad", dice Levy Matarasso. "Es una formación integral".
Y los resultados son concretos. Un estudio publicado por la Small Business Administration de Estados Unidos (SBA) arrojó que al cabo de tres años la tasa de éxito de las empresas incubadas oscila entre el 75% y el 80%, muy superior al 20% o 25% que alcanzan las no incubadas.
A todo este círculo virtuoso se agrega la relación entre los estudiantes de posgrado y las incubadoras, de la cual se benefician mutuamente ambos actores. Los primeros porque reciben apoyo para sus proyectos de investigación y las segundas porque disponen de un recurso humano altamente capacitado. "Todo este movimiento científico, tecnológico y social genera más publicaciones, más patentes, más licencias, más empleo y más desarrollo", subraya Schroder.
Opinión que es compartida por Levy Matarasso, quien resalta que los alumnos de posgrado aprenden a diagnosticar situaciones o problemas y a partir de esta capacidad pueden elaborar programas que permiten el desarrollo de ventajas competitivas para la empresa.
"Las incubadoras son entidades innovadoras que no se limitan a copiar recetas, sino que buscan nuevos mecanismos y espacios para la innovación", concluye el doctor.
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